miércoles, 27 de mayo de 2026

Instituto Ecuatoriano de Electrificación (INECEL), 38 años - 1961/05/23-1999/03/31

 
 
En el documento del Ministerio de Ambiente y Energía, TRANSFORMACIÓN Y SITUACIÓN ACTUAL DEL SECTOR ELÉCTRICO, se indica:

"... Mediante Decreto Ley de Emergencia No. 24, del 23 de mayo de 1961, se creó el Instituto Ecuatoriano de Electrificación (INECEL) asignándole la responsabilidad de integrar el sistema eléctrico nacional y de elaborar un Plan Nacional de Electrificación que satisficiera las necesidades de energía eléctrica, en concordancia con el Plan de Desarrollo Económico y Social del Ecuador.

El INECEL tuvo como propósito, el desarrollar los grandes proyectos hidroeléctricos, con base en el potencial hidroenergético del país y hacer realidad la integración eléctrica nacional mediante la construcción de un Sistema Eléctrico Nacional Interconectado; con esto, el sistema eléctrico ecuatoriano toma un giro protagónico en el desarrollo económico y social de la nación, se estructura el primer Plan Maestro de Energía Eléctrica, cuyo objetivo fundamental era integrar, normalizar y masificar la cobertura de este servicio.

Durante los años setenta y parte de los ochenta, aprovechando la bonanza petrolera del país y el consecuente acceso a créditos internacionales, se ejecutaron macro proyectos de equipamiento en las áreas de generación, transmisión y distribución.

El sector eléctrico ecuatoriano contó con un marco legal formal, a partir de la Ley Básica de Electrificación –LBE-, de septiembre 10 de 1973; mediante la cual el Estado transfería el 47% de los ingresos que percibía el fisco en concepto de regalías por la explotación de los recursos hidrocarburíferos, y por los derechos del transporte de crudo por los oleoductos, al “Fondo Nacional de Electrificación del INECEL”, recursos que estuvieron destinados a realizar los estudios y construcción de las obras de generación y transmisión de energía eléctrica del Sistema Nacional Interconectado (SNI), así como de los sistemas regionales.

Durante los 38 años de vida institucional, el INECEL desarrolló las grandes centrales de generación, el Sistema Nacional de Transmisión y obras de distribución; pues, según la Ley Básica de Electrificación, tenía bajo su responsabilidad todas las actividades inherentes al sector eléctrico, esto es: planificación, construcción, operación, regulación, aprobación de tarifas eléctricas; y, era el accionista mayoritario en casi todas las empresas eléctricas que realizaban la distribución de electricidad en el país.

El INECEL concluyó su vida jurídica el 31 de marzo de 1999. Mediante Decreto Ejecutivo No. 773 del 14 de abril de 1999, se encargó al Ministerio de Energía y Minas, llevar adelante el proceso de cierre contable, presupuestario, financiero y técnico del INECEL, posterior a marzo de 1999, a través de la Unidad de Liquidación del INECEL...."
 
 
 

 
 



Comparto publicaciones en mi blog, que hago referencia a INECEL, a lo largo de los años, en la parte: informática, administrativa, académica y vivencias.




lunes, 25 de mayo de 2026

La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos, 2026/05/25




La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos


"Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo


Isabella Piro – Ciudad del Vaticano

«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». El incipit de la primera encíclica de León XIV —Magnifica humanitas, «sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial»— resume sus razones fundamentales y su propósito. Publicada hoy, lunes 25 de mayo, fue firmada por el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la promulgación de la Rerum novarum de León XIII. Y de su predecesor, el papa Prevost, ha recogido el legado, escribiendo una encíclica social que aborda uno de los principales retos de la época contemporánea: la inteligencia artificial.

Dividida en cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, Magnifica humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una «fuerza antagónica respecto a la persona» (4), ni «un mal en sí misma» (9). Sin embargo, «no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza». De ahí el llamamiento del Pontífice a «construir en el bien» y a «permanecer humanos», siguiendo la lógica de la corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que «el mundo pueda reconocer… en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea habitar» (16).

TEXTO COMPLETO DE LA ENCÍCLICA "MAGNIFICA HUMANITAS"
 
La Doctrina Social de la Iglesia es teología de la comunión

El primer capítulo —Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio— repasa la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) en el magisterio reciente y en el Concilio Vaticano II, poniendo de relieve «su carácter dinámico» (17). Lejos de ser «un manual de principios y normas que aplicar», la DSI es más bien «un camino de discernimiento comunitario», una «teología de la comunión en la historia» (27) que orienta la lectura de los acontecimientos a la luz del Evangelio. León XIV recuerda el pensamiento de sus predecesores: desde Pío XII —el primero en emplear la expresión «Doctrina social de la Iglesia» en la exhortación apostólica Menti nostrae de 1950— hasta el Papa Francisco, pasando naturalmente por la Rerum novarum de 1891, definida como «hito en la evolución del magisterio social» (30). En sus respectivas épocas, cada sucesor de Pedro «ha puesto de relieve diferentes aspectos de un único patrimonio: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, la destinación universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad» (45).
 
Proteger la dignidad humana: la persona no es un recurso que se pueda explotar

En el segundo capítulo, León XIV enumera los Fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia: entre los primeros, incluye la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Es necesario recordarlo, ya que «la presión de nuevas ideologías y de determinados intereses muy poderosos» puede reducir a la persona a «un recurso que se usa y se explota» o a «lo que realiza o produce» (51). Por el contrario, «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada» (53). Un segundo fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia es la inviolabilidad de los derechos humanos, entre los cuales el primero es el derecho a la vida «desde la concepción hasta su final natural»: a este respecto, León XIV define el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia como «decisiones gravemente ilícitas» (55). El tercer fundamento es el reconocimiento de los derechos de las minorías, con especial atención a las mujeres: en su favor, el Pontífice pide «decisiones concretas» en las leyes, en el trabajo, en la educación, en las responsabilidades sociales y políticas, para que sean verdaderamente escuchadas y valoradas (57).
 
Es inmoral e inaceptable eliminar o someter a una nación

En cuanto a los principios de la DSI, León XIV señala cinco: el primero es el bien común, «forma social de la dignidad reconocida a cada uno» (59). En un punto el Papa es particularmente firme: «la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones». En consecuencia, «cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable» (64).
 
La tecnología no debe concentrarse en manos de unos pocos

El segundo principio se refiere a la destinación universal de los bienes: aquí y en otros puntos de la encíclica, León XIV insiste en la necesidad de que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, alimentando la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital (67). De ello se derivan el tercer y el cuarto principio, a saber, la subsidiariedad (68) —que exige superar el paternalismo y el asistencialismo en favor de la corresponsabilidad— y la solidaridad (73), «principio y virtud» que se opone a la indiferencia y tiene en cuenta a los pueblos y a las generaciones futuras.
 
La justicia social y un examen decisivo con los migrantes

El quinto principio de la DSI señalado por el Papa es la justicia social: en la era digital, debe garantizar a todos un acceso equitativo a las oportunidades, proteger a los más frágiles, combatir el odio y la desinformación, someter a control público el uso de los datos y las tecnologías, «de modo que el criterio no sea solo el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos» (80). León XIV señala en los migrantes, los refugiados y los desplazados un «examen decisivo» en este ámbito: la forma en que la sociedad los trata demuestra «si la idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad». De ahí el llamamiento tanto a custodiar «el derecho a la esperanza» de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; como a promover «el derecho a quedarse» de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, abordando «las causas profundas» de las migraciones (81).


Los abusos y el examen de conciencia para la Iglesia

El Pontífice entiende que los cinco principios mencionados están dirigidos no solo a la sociedad, sino también a la Iglesia, llamada a «un examen de conciencia»: el Papa exhorta a «sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos». La invitación es a escuchar a las «víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia», ya que ello «forma parte integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención» (89).
 
Se necesita un código ético compartido sobre la IA

El tercer capítulo —Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA— entra en el meollo del tema de la inteligencia artificial. León XIV advierte contra el «paradigma tecnocrático» ya denunciado por Francisco y por el cual toda elección viene dictada exclusivamente por parámetros de eficiencia y beneficio (92). Por el contrario, la tecnología más potente no es necesariamente la mejor: la IA puede imitar y simular al hombre, pero no posee conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual. Por lo tanto, es necesario abordar la IA con sobriedad y vigilancia, manteniendo la claridad sobre las responsabilidades de todas sus etapas (accountability) y apostando por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente y la educación de los usuarios. Sobre todo, se necesita un código ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos» (107). Sin dejar de lado el impacto ambiental de las nuevas tecnologías, que requieren grandes cantidades de energía y agua, afectando a las emisiones de dióxido de carbono y dañando la Creación (101).
 
Desarmar la IA y sustraerla de la lógica competitiva

Hay que «desarmar la IA» —insiste León XIV— para sustraerla de la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva; para romper la equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los monopolios e impedir que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y ecológica porque la IA «ya es el entorno en el que estamos inmersos y el poder con el que debemos contar» (110). Se dedica un amplio espacio a la crítica del transhumanismo y del poshumanismo, que interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano. En cambio, el límite no es un defecto que haya que eliminar, sino una dimensión constitutiva de la persona, porque «el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite» (118), reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que maduran la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.
 
Que el progreso de la técnica no haga retroceder el corazón

Hay mucho en juego: hacer crecer la técnica eliminando los límites de lo humano significa, de hecho, hacer retroceder el corazón. Magnífica y, sin embargo, herida, la humanidad «no debe ser sustituida ni superada». La tecnología puede aliviar sus sufrimientos y abrirle nuevas posibilidades, pero no debe negarla en lo que le es propio: «la capacidad de relación y de amor» (126). Ante la IA, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir el progreso: al servicio de la persona y de los pueblos o de las lógicas de poder (129). Una elección que nos concierne a todos: «la construcción de Babel o la de Jerusalén», las dos «ciudades» del hombre y de Dios señaladas también por san Agustín (130), comienza por cada uno.
 
Ecología de la comunicación y centralidad de la escuela

En el cuarto capítulo – Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad — la encíclica considera la verdad como un bien común y un elemento esencial de la democracia. En el entorno digital, la verdad debe plasmarse en una «ecología de la comunicación» para que la cultura generada por la web no se convierta en un instrumento de «homologación y dominio», sino en un espacio de maduración para la «libertad interior y el pensamiento crítico» (136-137). El Papa señala algunos instrumentos: transparencia en los criterios de selección de contenidos, protección de los datos personales, un periodismo serio basado en la argumentación y la verificación, una nueva conciencia en el uso «correcto y crítico» de la IA, la integración de los conocimientos. También se exige a la Iglesia una comunicación transparente y leal, sobre todo en los casos de injusticias y abusos. Es fundamental, en la encíclica, el llamamiento a una alianza educativa renovada para que en los jóvenes no se apague «el deseo de hacer preguntas» a causa de máquinas perfectas que hacen parecer inútil el pensamiento humano. «Debemos educarnos en el ayuno de la IA» (140), subraya León XIV, eliminando las desigualdades en el acceso a la educación y apostando por la escuela como lugar donde se aprende a «buscar y amar la verdad» (143) y se enseña lo que lo digital no puede dar: «tiempo compartido para aprender y relaciones fiables» (147).


El trabajo debe centrarse en la persona, no en el beneficio

En la «cuarta revolución industrial» que representa la transición digital, el Pontífice destaca la importancia de proteger la dignidad y el valor del trabajo: «Las nuevas formas de trabajar no son necesariamente mejores», explica, ya que la tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada (150). Por el contrario, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al hombre de tareas pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al desempleo en nombre de la reducción de costes y el aumento de los beneficios. En un escenario en el que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad, provocados por sistemas automatizados que han sustituido al hombre, el Pontífice aboga también por una renovación de las organizaciones sindicales (155).
 
El desarrollo no se mide solo en términos de PIB

La transformación digital debe gestionarse de antemano mediante criterios sociales estables, formación accesible y continua para los trabajadores y responsabilidad empresarial. El Pontífice señala, además, la necesidad de superar el PIB como parámetro del grado de desarrollo de un país, apostando en su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de las desigualdades y la protección del medio ambiente. La financiación por la financiación es, de hecho, diferente de la financiación para el desarrollo (159-160). Y, siguiendo la estela de San Pablo VI, se subraya la interdependencia entre paz y desarrollo, abogando por una cooperación internacional capaz de definir estrategias comunes «sobre todo en favor de los países y los grupos más vulnerables», porque la prosperidad contribuye a la paz «solo si es generalizada, inclusiva y sostenible» (163).
 
La familia, bien social primario

En la encíclica destaca, además, la referencia a la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer: es «bien social primario», «célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria» (165) que debe apoyarse también mediante políticas laborales que favorezcan la estabilidad y ritmos humanos, de modo que se garantice el justo equilibrio de vida y se proteja esa «capacidad de construir el futuro» que hace generativa a la sociedad.
 
La «arquitectura de la visibilidad» y los riesgos para la libertad

Por último, el tema de la libertad humana, que hay que proteger contra la dependencia y la mercantilización: en una época en la que las plataformas digitales están diseñadas para acaparar el tiempo de los usuarios y explotar sus fragilidades, es urgente reforzar la libertad interior de cada uno y hacer frente al riesgo del control social derivado de la recopilación masiva de datos y del uso de sistemas algorítmicos. Perfilar, predecir y orientar los comportamientos es, de hecho, «un poder nuevo» (171) que corre el riesgo de discriminar a los más débiles. El Papa deplora, en particular, la «arquitectura de la visibilidad» que premia y amplifica solo lo que es visible, moldeando opiniones y generando conformismo. "






Pronóstico Campeonato Mundial 2026



 
  

El arte de sobrevivir con Esposita, 2026

En el año 2025 publiqué Bodas de Perla - 30 año, con un enlace a 16 publicaciones sobre la relación de pareja, Matrimonio ¿comó hacer sonreir a Esposita? con un resumen de pensamientos para arrancar una sonrisa a Primera Autoridad.

Ahora, ya jubilado debo ganar un espacio en Casita, no estorbar, por lo que preciso actualizar el El arte de sobrevivir con Esposita, con nuevos insumos, vivencias, aprendizajes.


Esposita me preguntó, el 22 de mayo:

Mi amor ¿del 1 al 10 cuanto me amas?

Le respondí. 

Del 1 al 10 con toda el alma Esposita, pero 11 al 30 estaré de retiro espiritual, por el Mundial 2026



Salida con amigos

 

Tres comidas 

 

 

 

Debo recordar

 
 

domingo, 24 de mayo de 2026

Documental La muerte de Jaime Roldós de Manolo Sarmiento y Lisandra I. Rivera

 


 



La muerte de Jaime Roldós

"El documental sobre el presidente Jaime Roldós Aguilera, estrenado en 2013, obtuvo 18 premios internacionales y fue visto por 50 mil espectadores en salas de cine del Ecuador. Durante al pandemia la película ha tenido más de 150 mil visualizaciones en diferentes plataformas. Ahora, oficialmente en Youtube.

El breve gobierno del presidente ecuatoriano Jaime Roldós terminó abruptamente en 1981 en un sospechoso accidente de aviación. El destino trágico del primer retorno democrático de América Latina es el punto de partida de un intenso relato que combina periodismo de investigación, ensayo cinematográfico y drama personal. Con el fin de cuestionar el pesado silencio que ha llevado a cuestas un país entero, el filme recorre la historia desconocida y sin embargo sorprendente del Ecuador, el drama shakesperiano de sus hijos, víctimas de la lucha por el poder de su familia materna, y el implacable papel que juega la verdad oficial.

Un film de Manolo Sarmiento y Lisandra I. Rivera, Ecuador-Argentina, 2013, 125 min. / Dirección de fotografía: Daniel Andrade / Sonido directo: Juan José Luzuriaga, Estebanoise Brauer, Diego Germán Kartaszewicz Montaje: Manoela Ziggiatti, Sergio Venturini / Montaje adicional: Christian Hidalgo, Carla Valencia / Guion: Manolo Sarmiento, Daniel Andrade. Una producción de La Maquinita y M&S Producciones."
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



Cinco errores que los padres seniors no deberían perdonar a sus hijos



 
 
 
 
 

Cinco errores que los padres seniors no deberían perdonar a sus hijos

"Según el psiquiatra francés Boris Cyrulnik, hay heridas que las arrugas no curan, silencios que se hacen más pesados ​​con la edad, y a veces no son los enemigos quienes rompen el corazón de los padres ancianos, sino los hijos que gestaron, criaron y protegieron

En muchos hogares, dice Boris Cyrulnik, las madres envejecen mirando fijamente un teléfono que nunca suena. Es una soledad de la que rara vez se habla, silenciosa, que no se ve en las calles pero que poco a poco se instala en salas de estar silenciosas, cocinas impecables, dormitorios o teléfonos que permanecen inmóviles durante días enteros: la soledad de los padres ancianos emocionalmente olvidados por sus propios hijos. Al principio, los padres mismos buscan excusas, señala el experto: “mis hijos trabajan mucho”, “la vida es difícil estos días, tienen sus responsabilidades”. Así que esperan sin quejarse, revisando la pantalla del teléfono varias veces al día, con la esperanza de un mensaje, una visita, aunque solo sean unos minutos de conversación. Porque a medida que envejecen, los padres ya casi no piden nada, no exigen regalos, no quieren impresionar al mundo. “Simplemente quieren sentir que siguen presentes en el corazón de sus hijos”, dice.

Enumera entonces los cinco errores que cometen los hijos en esta etapa de la vida; errores, subraya, que no deberían ser aceptados por sus padres.


1. La falta de respeto disfrazada de “franqueza”

No quieren molestar a nadie, dudan antes de llamar, miran la hora para no interrumpir, describe. Acortan sus frases, a menudo diciendo “no te entretengo más”, como si su propia presencia se hubiera vuelto demasiado para aquellos a quienes criaron con amor. Hay algo profundamente trágico, dice, en esta transformación silenciosa de padres que han dedicado toda su vida a tranquilizar a sus hijos y que de repente se convierten en figuras que piden disculpan. El abandono emocional no se parece a la violencia visible, advierte Cyrulnik, se instala suavemente como un invierno interior. Es la ausencia repetida, la falta de atención, la indiferencia que crece gota a gota.

Un padre cuenta una historia, pero nadie escucha de verdad, una madre habla de su cansancio, pero el tema cambia rápidamente. Sus recuerdos se vuelven demasiado extensos, sus emociones demasiado intensas. Entonces guardan silencio, y este silencio es peligroso porque un padre anciano que deja de hablar suele ser un corazón que empieza a marchitarse por dentro.

Dice Cyrulnik: “Los hijos a veces olvidan que la vejez hace el alma más vulnerable: con la edad, las pérdidas se acumulan, los amigos se van, el cuerpo cambia. Los hábitos se desmoronan, el mundo se vuelve más rápido, más frío, más distante, en este período frágil de la vida. Los hijos suelen representar el último refugio emocional cuando todo lo demás parece desaparecer.”

Sin embargo, aunque aún sean amados, muchas veces los hijos ya no lo demuestran. Y el amor que nunca se expresa a veces termina pareciéndose a la ausencia. Lo más desgarrador es que muchos padres ancianos siguen protegiendo emocionalmente a sus hijos, incluso cuando están heridos. Dicen: “No te preocupes por mí, lo entiendo. Lo importante es que seas feliz”. Ocultan su tristeza para no hacer sentir culpables a quienes aman, sostiene Cyrulnik.

Un padre anciano nunca debería considerar la indiferencia como algo normal, nunca debería creer que merece ser olvidado simplemente porque el mundo moderno está ocupado. La vejez no es un momento en el que uno deja de necesitar amor. Al contrario, a menudo es la edad en la que una palabra tierna puede salvar un día entero, una visita inesperada puede alegrar una semana entera, o unos minutos de escucha pueden llenar un profundo vacío interior. Porque, en el fondo, muchos padres ancianos no mueren solo por el paso del tiempo, mueren lentamente por la falta de presencia humana.

La falta de respeto hacia los padres ancianos es una de esas heridas silenciosas. Hoy en día, muchas palabras crueles, ocultas tras la máscara de la modernidad, se llaman franqueza, rapidez, eficiencia. Pero tras ciertas actitudes modernas, a veces acecha una profunda brutalidad emocional. Las generaciones cambian, las tecnologías evolucionan, los hábitos se transforman: eso es natural. Pero lo que nunca debería cambiar es la forma en que miramos a quienes nos dieron la vida. Sin embargo, algunos padres envejecen en una atmósfera de silencioso desprecio; se les habla con impaciencia. Se les interrumpe constantemente, sus preguntas se responden con suspiros. Se les corrige como a niños. “No entiendes nada, eres demasiado viejo para eso, olvídalo”.


Lo más trágico es que este desprecio a menudo aparece en detalles cotidianos: un tono cortante, una mirada impaciente, una conversación donde nadie escucha realmente, una comida en la que el padre anciano se vuelve invisible entre pantallas y discusiones rápidas. El abuso emocional no siempre comienza con gritos. Todo puede empezar con una simple falta de consideración. Los padres ancianos necesitan sentir que siguen importando, no solo como miembros de la familia, sino como seres humanos dignos de ser escuchados y respetados, porque tras las arrugas se esconden décadas de experiencia, dolor y valentía silenciosa. “¡Qué época tan extraña en la que la velocidad se ha vuelto más importante que la ternura!”, dice Cyrulnik. Esta falta de respeto destruye algo fundamental en los padres ancianos: su sentido de propósito. Cuando una persona escucha constantemente que está desactualizada, termina creyendo que ya no tiene nada que aportar al mundo. Como resultado, se retrae emocionalmente, habla menos, da menos opiniones, evita compartir recuerdos y oculta sus emociones porque siente que sus palabras son incómodas. Algunas personas mayores incluso empiezan a disculparse por su propio envejecimiento: “Soy lento, lo siento, hago demasiadas preguntas, me estoy volviendo complicado”. Como si envejecer se hubiera convertido en un defecto. Pero envejecer no es una debilidad vergonzosa; es un privilegio frágil que muchos nunca alcanzan. Una sociedad que desprecia a sus mayores inevitablemente pierde parte de su humanidad.


2. El abandono emocional

Existe también una crueldad más sutil: infantilizar a los padres ancianos, tomar todas las decisiones por ellos. Hablarles como si no estuvieran presentes, tratarlos como objetos frágiles incapaces de pensar. La familia habla por encima de sus padres, nunca con ellos, nunca les explica las cosas. “Él no lo entenderá, ella es demasiado mayor para decidir, es inútil pedirle su opinión”. Poco a poco, los padres pierden su lugar simbólico en la familia. Un padre anciano puede aceptar el cansancio físico, pero sufre profundamente cuando se le niega el respeto a su identidad. Porque hay una gran diferencia entre ayudar a una persona mayor y hacerla sentir inferior, advierte Cyrulnik. El verdadero amor protege la dignidad: no la menosprecia. No la ridiculiza. No convierte la vejez en humillaciones diarias.

Hay sacrificios que pasan inadvertidos, dificultades silenciosas y renuncias que ni siquiera los niños perciben al crecer. La vida de los padres comienza con una serie de pequeñas renuncias personales hechas en nombre del amor: un padre que trabaja a pesar del dolor de espalda, una madre que oculta sus preocupaciones para no asustar a sus hijos, sueños postergados, necesidades olvidadas, noches acortadas, años dedicados a los demás antes que a sí mismos. Pero con el tiempo, de una manera extraña que borra estos esfuerzos invisibles, los hijos crecen, construyen sus vidas y, a veces sin siquiera proponérselo, comienzan a ver todo lo que sus padres les han dado como algo normal, como si los sacrificios fueran una obligación natural y no un inmenso acto de amor.


3. Hacer que los padres se sientan una carga

La ingratitud no siempre comienza con palabras duras, a menudo comienza con el olvido. Hay padres que vivieron con la constante ansiedad de llegar a fin de mes, pero fingieron estar tranquilos frente a sus hijos, madres que comieron menos para que sus hijos tuvieran suficiente, padres que aceptaron humillaciones en el trabajo simplemente para asegurar la estabilidad en el hogar. Sin embargo, años después, algunos envejecen frente a hijos incapaces de reconocer esta historia tácita. La ingratitud es dolorosa porque borra simbólicamente toda una vida de devoción. Un padre no necesariamente espera ser recompensado, no espera medallas ni grandes discursos, pero espera al menos sentir que sus esfuerzos han sido reconocidos. Una simple mirada llena de aprecio a veces puede sanar años de cansancio interior. Por el contrario, la indiferencia crea una herida profunda.

Durante la infancia, los padres parecen invencibles. Saben qué hacer. Tranquilizan, protegen, y muchos niños se aferran inconscientemente a esta imagen de fortaleza inquebrantable. Pero un día, los padres envejecen, sus manos tiemblan ligeramente, su memoria se ralentiza, a veces su energía disminuye, y algunos hijos se impacientan con esta nueva vulnerabilidad, como si inconscientemente reprocharan a sus padres por ya no ser los héroes inquebrantables de su infancia.

Cuando los propios padres se vuelven vulnerables, ya no necesitan la perfección. Necesitan ternura: algunas personas mayores terminan ocultando sus necesidades para no agobiar a sus hijos, diciendo que están bien cuando se sienten solas. Minimizan su dolor. Evitan pedir ayuda porque perciben que su sufrimiento cansa a los demás. Esto crea una inmensa injusticia emocional: personas que han cargado con las cargas de otros toda su vida comienzan a soportar su propia vejez solas. La ingratitud no solo destruye las relaciones familiares. Esto daña profundamente la identidad de los padres, haciéndoles creer que todo lo que han construido puede olvidarse en unos pocos años de indiferencia. Sin embargo, detrás de cada padre anciano se esconde una historia de valentía silenciosa que los hijos jamás conocerán del todo: miedos ocultos, sacrificios invisibles, decisiones difíciles tomadas en la sombra. Y cuando esta historia no recibe el reconocimiento que merece, algunos padres terminan envejeciendo con un dolor muy sutil: el dolor de haber entregado toda su vida sin sentirse verdaderamente valorados


4. La manipulación emocional y financiera

Existe un dolor muy particular que muchos padres ancianos jamás se atreven a admitir: la sensación de no ser amados por quienes son, sino solo por lo que aún pueden ofrecer. Con el tiempo, algunos padres descubren una verdad que les rompe el corazón en silencio. Sus hijos solo los buscan cuando necesitan algo: un favor, dinero, ayuda con los nietos, apoyo material, una firma, una herencia. Y entre estos momentos de interés, regresa el silencio.

Las llamadas se vuelven escasas. Las visitas desaparecen. La atención parece condicionada a la utilidad. Entonces, los padres comienzan a sentir una extraña confusión interna, preguntándose: “¿Aún me aman, o simplemente me necesitan?” Esta pregunta puede volverse extremadamente dolorosa con la edad, porque un padre a menudo continúa dando incluso cuando, a lo largo de su vida, ha aprendido a sacrificarse por sus hijos. Incluso en la vejez, a veces siguen ofreciendo más de lo que realmente poseen. Algunas madres ancianas prestan dinero, aunque ellas mismas vivan con muy poco. Algunos padres soportan un cansancio inmenso para ayudar a sus hijos adultos, diciendo que sí incluso cuando sus cuerpos dicen que no. ¿Por qué? Porque muchos padres temen algo terrible. A veces sienten que su presencia ya no atrae naturalmente a sus hijos. Así que siguen dando para mantener el vínculo emocional, como si el amor ahora tuviera que ganarse con favores. Y esto crea una inmensa y silenciosa tristeza, porque un padre nunca debería tener que comprar la atención de sus propios hijos.


En algunas familias, los padres ancianos se convierten gradualmente en recursos más que en seres humanos. Constantemente se les pide que cuiden a los niños, resuelvan problemas y brinden apoyo emocional a toda la familia, sin que se cuestionen si aún tienen la fuerza interior para soportarlo todo. Su cansancio se vuelve invisible: lo más doloroso es que muchos padres lo aceptan con una sonrisa, diciendo: “Al menos todavía sirvo para algo”. “Me alegra ayudar, es normal que un padre ayude a sus hijos, por supuesto”.

El problema no es el apoyo en sí: el problema comienza cuando el amor desaparece en cuanto cesa la ayuda. Algunos padres entonces notan una realidad inquietante: cuando ya no pueden dar, las relaciones cambian, el teléfono suena menos, las visitas se vuelven menos frecuentes y la atención disminuye. Es como si su valía emocional dependiera únicamente de su utilidad. Esta experiencia puede dañar profundamente la autoestima de una persona. Con la edad, muchos ya pierden ciertos roles sociales. Si, además, el amor familiar se vuelve condicional, el padre o la madre puede experimentar una inmensa soledad y una profunda sensación de pérdida de identidad, llegando a creer que ya no son interesantes como personas, sino solo como una función.

La explotación emocional de los padres a veces adopta formas muy sutiles. Algunos hijos solo llaman a sus padres cuando atraviesan un momento difícil, acuden en busca de consuelo, consejo y apoyo, y luego desaparecen una vez que sus vidas se estabilizan. Los padres se convierten en refugios temporales, nunca en prioridades permanente.

También existen situaciones aún más dolorosas, aquellas en las que los conflictos por la herencia comienzan incluso antes de la muerte de los padres. Algunas personas mayores perciben un cambio en la forma en que se ven sus posesiones, su hogar y sus ahorros. Las conversaciones se vuelven repentinamente más egoístas, surgen tensiones entre hermanos y los gestos de amabilidad a veces parecen calculados. Para un padre o una madre, esta situación puede ser profundamente humillante, pues se da cuenta de que lo que ha construido durante toda su vida corre el riesgo de convertirse en una fuente de división en lugar de un símbolo de amor familiar. Algunas personas mayores incluso comienzan a sentirse culpables cuando rechazan una petición, temen decepcionar a sus hijos, ser menos amados, ser abandonados emocionalmente. Así, continúan dando incluso cuando están cansados, incluso cuando sufren, incluso cuando sienten una profunda injusticia.



5. La ingratitud silenciosa

La vejez ya trae consigo su propia fragilidad: el cuerpo se ralentiza, la memoria a veces falla, los movimientos se vuelven menos seguros y los días parecen más largos. Pero lo que más afecta a algunos padres ancianos no es solo el paso del tiempo, sino la forma en que los demás perciben su vejez. Una mirada impaciente, condescendiente, a veces incluso avergonzada, como si envejecer se hubiera convertido en algo que ocultar. En muchas familias, los padres ancianos dejan de ser el centro de la vida emocional, se vuelven secundarios. Tolerados, a veces incluso vistos como una carga, los demás hablan por ellos. Se toman decisiones por ellos, se oyen suspiros cuando repiten una historia. Se les excluye de ciertas conversaciones y, poco a poco, empiezan a sentir una terrible sensación de inutilidad.

Un día, la sociedad moderna parece enviarles un mensaje cruel: tu tiempo se acabó. Y esta frase silenciosa puede destrozar el alma. La humillación de la vejez a menudo se manifiesta en detalles muy simples, señala Cyrulnik: cuando un padre anciano habla pero nadie escucha de verdad, cuando hace una pregunta y le responden con impaciencia, cuando camina despacio y lo apuran constantemente. Estas pequeñas y repetidas humillaciones crean un profundo cansancio interior. Algunas personas mayores comienzan entonces a retraerse: hablan más bajo, piden menos ayuda, expresan menos sus emociones. Como si intentaran pasar inadvertidas para seguir mereciendo su lugar en la familia. Lo más desgarrador es que muchas de ellas siguen sonriendo a pesar de todo, incluso expresan gratitud por los gestos más pequeños de amabilidad, como si temieran pedir demasiado. «Gracias por venir, siento haberle molestado, sé que está ocupado». Estas frases suelen revelar una inmensa soledad emocional, porque un padre o una madre nunca debería sentir que su existencia es una carga para quienes crió con amor.

La humillación silenciosa erosiona lentamente la identidad, llevando a algunos padres ancianos a creer que ya no merecen atención, que los escuchen o que les den cariño. Así, se aíslan emocionalmente, dejando de compartir sus recuerdos. Ocultan su miedo, minimizando su dolor, porque sienten que el mundo ya no tiene espacio para su vulnerabilidad. Algunos ancianos pasan días enteros sin una conversación humana real, mirando por las ventanas, fotografías y objetos del pasado. Miran al presente y descubren una dura realidad. Nadie les pregunta de verdad cómo están. El aspecto más cruel de la humillación de la vejez es que a veces lleva a los padres a sentir vergüenza de sus propias necesidades, vergüenza de estar cansados, vergüenza de olvidar cosas, vergüenza de necesitar conexión humana. Como si el simple hecho de envejecer fuera una carga emocional para sus hijos. Ningún ser humano debería terminar su vida sintiéndose una carga."