viernes, 26 de junio de 2026

Mundial 2026: dieciseisavos - Ecuador - México: México, lindo y querido, 2026/06/30

 

 
 
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MÉXICO, LINDO Y QUERIDO por Franklin Briones

"Hay partidos que no se juegan solamente en la cancha. Se juegan también en la memoria.

Ecuador contra México, por ejemplo, es para mí no solo un encuentro del Mundial, una alineación, una tabla de posiciones, un cálculo de goles a favor y en contra.
Es, más bien, una conversación con una parte de mi infancia: ecuatoriana, sí, pero educada en buena medida por México.

O, para decirlo con más precisión: por las revistas mexicanas que llegaban puntuales, misteriosas, fabulosas, a enseñarme el mundo mejor que la escuela.

No niego sus pupitres, sus pizarrones, sus campanas, sus maestras ni sus castigos salvajes, como aquellos que nos obligaban a arrancarnos las pestañas para colocarlas en la palma de la mano y amortiguar la dureza de la regla. Pero cuando llegué a la escuela yo ya había entrado en el reino de las letras. Ya sabía descifrar esas puertas impresas que se abrían hacia países, épocas, templos, selvas, montañas, mares, tumbas egipcias y monasterios tibetanos. Había aprendido con mi madre y con las revistas. Sobre todo con una: Kalimán.

Mientras en la escuela la geografía era una lista de ríos muertos, la historia, una fila de fechas con uniforme, y la lectura, una obligación simplificada, en las revistas todo palpitaba. Todo tenía música, peligro, perfume de aventura. El mundo cabía en unas páginas dobladas, manoseadas, esperadas con ansiedad de peregrino. Y esas páginas venían de México.

El niño que esperaba el lunes
 
Yo fui un niño que esperaba revistas como otros esperan cartas de amor. Había una ceremonia en esa espera. La semana se estiraba, se volvía larga, casi injusta. Las revistas llegaban los lunes, y el intervalo entre un capítulo y otro era demasiado para mi impaciencia. Entonces ocurrió algo decisivo: mi mente empezó a trabajar.

Si Kalimán quedaba atrapado en una cueva, yo inventaba la salida. Si Solín estaba en peligro, yo anticipaba el rescate. Si aparecía un sabio, un villano, una civilización perdida o una frase enigmática, yo fabricaba durante la semana mi propia continuación. El lunes siguiente comparaba mi versión con la verdadera. A veces acertaba. A veces no. Pero lo importante era que, sin darme cuenta, había empezado a crear.

Así comenzó todo: no por una tarea escolar ni por una redacción corregida con tinta roja, sino por la necesidad de saber qué ocurriría después. La imaginación nació de la espera. La creatividad fue una forma de impaciencia.

A los doce años ya no leía solamente a Kalimán. Para entonces devoraba también versiones juveniles de la literatura universal. Pero Kalimán fue la puerta principal, la clave de entrada, el mapa inicial.

Por él supe que Grecia no era apenas un nombre en un libro escolar, sino un territorio de dioses, columnas, héroes, filósofos y enigmas. Si Kalimán iba a Grecia, yo corría a buscar todo lo que pudiera leer sobre Grecia: la Ilíada, la Odisea, la Eneida.

Si viajaba al Tíbet, yo quería saber qué era el Tíbet, dónde quedaba, cómo eran sus montañas, qué pensaban sus monjes, qué secretos guardaba el silencio de sus monasterios.

Y cuando Kalimán hablaba de la mente, yo escuchaba como discípulo.

“Quien domina la mente, lo domina todo.”

Esa frase podía servir para salvar al mundo, derrotar criminales o resistir una clase aburrida de gramática y castellano. Yo me la tomé en serio. Muy en serio. Leí cuanto pude sobre hipnosis, concentración, sugestión, poderes mentales, respiración, voluntad, telepatía, telekinesis y todos esos territorios donde la infancia confunde con felicidad la ciencia, la magia y el deseo.

Fui hipnotista, levitador, mentalista de patio, aprendiz de faquir, maestro secreto de mí mismo. Naturalmente, nunca levité más allá de mi entusiasmo. Pero eso también puede ser una forma de levitación.

Fui discípulo de Kalimán. Fui, a mi manera, su pequeño Solín.

Una educación mexicana
 
Tanto me ayudó México que cuando mi padre me regaló, a los doce años, una enciclopedia Universitas de veinte tomos, yo ya tenía el vicio de la lectura y de la imaginación. Ya sabía que una palabra llevaba a otra, que una pregunta abría diez preguntas más.

La curiosidad había prendido.

De modo que antes de los tomos solemnes de filosofía y psicología estuvo el papel popular. Antes del conocimiento con lomo duro y pretensión académica estuvo la aventura semanal. Y esa aventura hablaba con acento mexicano, aunque me llevara por el planeta entero.

Por eso, cuando pienso en México, no pienso primero en un rival de fútbol. Pienso en mi forma de haber conocido el mundo. Pienso en la voz de los doblajes, en los nombres impresos en las portadas, en las historietas que llegaban como emisarios de otro universo. Pienso en ese México que todavía no era el país real, con sus contradicciones, su historia compleja, su violencia, su grandeza, su dolor y su belleza, sino un México-madre, un México-puente, un México-mito.
 
Un México de papel.

De cuando llegó la televisión
Después llegó la televisión y aquella presencia, en vez de disiparse, se confirmó. Los canales locales parecían tener una embajada mexicana permanente. Las telenovelas, las películas, los cómicos, las canciones, los melodramas, los charros, los boleros, las rancheras, los villanos, las madres sufridas, los galanes de bigote imposible: todo eso entraba en la casa como si fuera parte de la familia.
México estaba en la pantalla, en la radio, en el cine, en las revistas, en las canciones que uno escuchaba sin proponérselo y luego descubría que sabía de memoria. Claro, también estaba Estados Unidos, ese país al que muchos llaman “América” como si los demás viviéramos en un pie de página. Pero México tenía otra cercanía. Era extranjero, sí, aunque no del todo. Era distinto, pero comprensible. Tenía una melodía familiar.

Quizá por eso México se volvió para muchos latinoamericanos una especie de pariente grande: a veces entrañable, a veces excesivo, a veces dominante, a veces queridísimo. Un país que aparecía por todas partes antes de que uno pudiera viajar a ninguna.

El partido
 
Y ahora retorno al hecho concreto: Ecuador juega contra México en México. Ahí están los comentaristas, las estadísticas, los pronósticos, las camisetas, los nervios, la ansiedad nacional. Ahí está mi país: el de la infancia física, el de las calles, los amigos, los patios, las lluvias, los sabores, las derrotas y las alegrías propias. Ecuador, con su camiseta, su himno, sus jugadores, su derecho a soñar y a sufrir.

Yo quiero que gane Ecuador, desde luego. En el fútbol no se puede ser diplomático hasta el final. La pelota exige una lealtad primaria, casi tribal. Uno puede ser ciudadano del mundo durante la semana, pero el día del partido vuelve a un barrio, a una bandera, a una infancia concreta. Quiero que Ecuador gane, que juegue bien, que no se achique, que mire de frente, que corra, que muerda, que tenga claridad y corazón.

Kalimán en la tribuna
 
Para cerrar, imagino a Kalimán sentado en la tribuna, sereno, impecable, mirando el partido sin perder la compostura. A su lado está Solín, nervioso, preguntando si Ecuador podrá resistir los últimos minutos. Kalimán respira profundo y dice una frase perfecta para el caso:

“Serenidad y paciencia, pequeño Solín.”

Y tiene razón. Porque eso necesita todo hincha: serenidad y paciencia. Aunque en el fútbol ambas cosas duren poco.

El árbitro pitará el inicio. Rodará la pelota. Ecuador atacará. México responderá. Yo sufriré, como corresponde. Pero en algún lugar de la tribuna invisible de mi memoria, Kalimán observará el juego con su calma legendaria. Y Solín, que también fui —que todavía soy—, seguirá creyendo que todo es posible hasta el último minuto.

Porque quien domina la mente, lo domina todo.

Salvo, quizá, un partido del Mundial "
 
 
Invito a leer dos artículos: 
 

"I. La pregunta que nadie quiere responder
¿Qué son los negros en este país?

La respuesta cambia cada noventa minutos.

Cuando la pelota cruza la línea de gol, la multitud grita: "Los amo, negros de mi vida", como si la negritud fuera una medalla que solo brilla bajo los reflectores del estadio.

Pero si el árbitro pita el final y el marcador no favorece, el amor se pudre en un santiamén. Los mismos cuerpos celebrados se vuelven culpables. El "negro lindo" pasa a ser "negro bruto", "descerebrado", "negro hijueputa".

La misma boca que adoró, escupe.

Y todo ocurre en el tiempo que tarda una pelota en cruzar —o no— una línea.

II. El olvido instantáneo
 
Veamos a Enner Valencia.

El mayor goleador en la historia de la selección. El hombre que nos dio alegrías que no merecíamos. El que llevó el nombre del país a lugares donde jamás habría llegado sin él.

Años de goles. Años de gritos. Años en los que nos permitió creer que éramos algo más que nuestra mediocridad habitual.

Entonces falla un gol.
Uno solo.
Un gol que cualquier futbolista, bajo presión, puede fallar. Un gol que lo metería hasta el más malo de los hinchas, según él mismo diría.

Y en ese instante todo desaparece.
Ya no es "nuestro negro maravilloso". Ya nadie recuerda los goles, los partidos en los que nos hizo sentir dignos. Todo queda reemplazado por una sola falla.

El mensaje es brutal:
Tu valor no es histórico.
Es instantáneo.
Y si fallas, todo lo anterior deja de existir.

III. La arquitectura de la humillación

Imaginemos a un niño en cualquier barrio pobre. Por ejemplo, Las Malvinas. Tiene diez años, una pelota, hambre y miedo.
Tiene todo lo necesario para ser criminalizado por la policía en la mañana y adorado por la nación en la noche, si algún día aprende a correr rápido, patear fuerte y ganar lo suficientemente seguido.

Ese es el horror.
No somos racistas de manera simple y frontal. Eso, al menos, tendría una claridad brutal. Somos algo peor: racistas condicionales.

Racistas que cambiamos de opinión según el marcador.

Al niño negro se le enseña, sin decirlo, que su vida vale lo que vale un gol. Que sus logros no lo protegen. Que su historia no lo salva. Que una falla puede borrar años de gloria.
Es una esclavitud moderna: la del presente eterno, donde el pasado no redime y el futuro no promete nada.

IV. La victoria como máscara
 
Hoy se le gana a un país marcado por una historia brutal de racismo.

¿Eso cambia algo?

No.
La victoria no redime la hipocresía: la disfraza.
Cuando ganamos contra el símbolo del racismo ajeno, nos sentimos moralmente superiores. Gritamos "los amo, negros de mi vida" y creemos que ese grito nos absuelve de todo.

Pero no estamos celebrando realmente a los negros. Celebramos que nos sirvieron para algo.

Que sus cuerpos, su velocidad, su potencia, su talento —todo aquello que en la calle se sospecha, se persigue o se desprecia— fue útil para humillar a quien alguna vez humilló.

Esa es la parte más cínica: usamos a nuestros propios oprimidos como armas contra otros opresores y, por un momento, eso nos hace sentir inocentes.

Hasta que uno falla.

Hasta que Enner Valencia no mete el gol.
Entonces descubrimos la verdad: no lo amábamos. Lo necesitábamos.
Y cuando dejó de servirnos, lo odiamos con la violencia reservada para quienes alguna vez fueron convertidos en ídolos.

V. La amnesia colectiva
 
Enner Valencia marcó 49 goles con la selección.

Cuarenta y nueve momentos en los que nos hizo gritar, abrazarnos, creer. 49 veces que gritamos "¡Sí se pudo!"

Pero falla uno y la memoria se derrumba.

El problema no es solo que olvidemos sus éxitos. Es peor: los negamos activamente. Los reducimos a suerte, circunstancia, pasado irrelevante.

La falla, en cambio, se vuelve esencia.
Ahí aparece la forma más sofisticada del racismo deportivo: celebrar los triunfos como si fueran nuestros y atribuir los fracasos como si pertenecieran a la naturaleza del jugador negro.

Cuando gana, nos representa. Cuando falla, lo expulsamos.

VI. El ídolo descartable
 
Después de años de gloria, Enner Valencia queda sometido a la sombra de un gol que no entró.

Eso hicimos: lo descartamos.
No físicamente, pero sí como símbolo. Lo borramos de la historia que habíamos escrito con él. Lo convertimos en el error que cometió, no en la trayectoria que construyó.

Y lo hicimos en público, sin pudor, porque sabemos que el futbolista negro carga con una vulnerabilidad histórica: puede ser amado por millones y, aun así, quedar solo cuando el estadio decide destruirlo.

Es la forma más sofisticada de violencia: la que no deja cicatrices visibles, pero que borra la existencia.

VII. Un crimen universal
 
Esto no ocurre solo aquí.

Las naciones fabrican ídolos descartables en todas partes. Toman a los marginados, los entrenan, los exhiben, los celebran cuando ganan y los crucifican cuando pierden.

Y entonces, cuando ya no sirven, los arrojan fuera del relato.

Pero lo más violento no es el descarte. Es la reescritura.
Hacemos como si la gloria nunca hubiera existido. Como si el héroe hubiese sido siempre un fracaso esperando revelarse.

Esa es la violencia de la amnesia colectiva: borrar la historia mientras se está viviendo.

VIII. La pregunta vuelve
 
Entonces, ¿Qué son los negros en este país?

Son héroes cuando ganan. Culpables cuando pierden.
Son símbolo patrio cuando nos conviene.
Cuerpos descartables cuando fallan.

Son Enner Valencia: el mayor goleador de la selección, reducido por muchos a una jugada que no terminó en gol. Si frente a Alemania no lo cambian, hubiéramos perdido.

Son entretenimiento, posesión, validación. Nos sirven para sentir que existimos, que tenemos talento, que somos alguien en el mundo.

Y cuando derrotan al país racista, nos permiten decirnos que nosotros no lo somos.

Pero lo somos.
Solo que somos racistas eufóricos. Con camiseta. Racistas que cantamos victoria y confundimos el marcador con absolución.

IX. Epílogo: la verdad incómoda
 
Lo más obsceno es que sabemos lo que hacemos.

Es una maquinaria tan repetida que ya parece natural.

Somos un país capaz de gritar "los amo" en el estadio y despreciar esos mismos cuerpos en la calle, en el restaurante, en el barrio.
Un país capaz de olvidar 49 goles por una pelota que no entró.

Un país donde los militares —también negros muchísimos de ellos— desaparecen a niños negros que salen de sus escuelas de fútbol, y luego celebramos a esos mismos militares cuando la selección gana.

Mientras tanto, en los barrios, hay más niños con balones. Más niños que creen que el fútbol es una salida. Más niños que no saben que están siendo entrenados para una libertad condicional: admirados mientras ganen, sospechosos mientras vivan, desechables cuando fallen.

Porque esa es nuestra verdadera victoria: poder celebrar la derrota del racismo ajeno mientras sostenemos el propio.

Poder amar al negro cuando nos salva.
Odiarlo cuando no puede hacer lo imposible.
Poder borrar su historia mientras todavía la estamos viviendo.

Como si los goles nunca hubieran existido.
Ni la gloria. Ni Enner Valencia.

Solo queda el error.

Y alrededor del error, nuestra memoria rota."
 
  
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"Mientras multitud de aficionados sueñan con conseguir una entrada, multinacionales, millonarios y algunas de las personas más influyentes del planeta compiten por acceder a los espacios más exclusivos del torneo,

La Copa del Mundo, que se está celebrando entre Estados Unidos, México y Canadá, no solo será la más grande de la historia por número de selecciones participantes, también apunta a convertirse en el Mundial más rentable jamás organizado. La FIFA espera alcanzar unos ingresos comerciales récord cercanos a los 3.000 millones de euros por el negocio de la hospitalidad VIP y los palcos de lujo. Actores como Tom Cruise, cantantes como Taylor Swift o influencers como Kim Kardasian actúan como vitrinas móviles de marcas de lujo (relojes, joyería, moda o tecnología) que pagan cifras millonarias para que estos famosos muestren sus productos en las transmisiones oficiales de televisión o en contenido en sus redes sociales.

Detrás de esta maquinaria se encuentra On Location, la compañía estadounidense especializada en experiencias premium que también trabaja en eventos como la Super Bowl o los Juegos Olímpicos. Su misión consiste en transformar los estadios del Mundial en auténticos centros de negocio, relaciones públicas y entretenimiento de alto nivel.

Los paquetes más accesibles dentro de la oferta premium arrancan en torno a los 1.200 o 1.700 euros por persona para algunos encuentros de la fase de grupos. Sin embargo, las cifras se disparan rápidamente cuando se habla de partidos decisivos o de espacios privados. Los conocidos como Luxury Suites, pensados para grupos reducidos, pueden superar los 140.000 euros por partido en las rondas eliminatorias.

¿A quiénes invitan?

Las marcas no regalan estos asientos al azar. Sus invitados se dividen en directores ejecutivos, inversionistas clave y socios comerciales, así como actores, músicos y creadores de contenido con audiencias masivas (como la familia Kardashian, Rihanna o MrBeast) y presidentes, gobernadores y embajadores de los países que están compitiendo, gestionados bajo estrictos protocolos de relaciones internacionales.

En cada partido del Mundial hay personas que tienen su lugar asegurado. La cúpula de la FIFA; exfutbolistas icónicos como Kaká, Cafú, Ronaldo Nazário o David Beckham -que juega en casa como embajador global de la FIFA y copropietario del Inter Miami-, tiene su palco privado.

Asimismo, los magnates de la tecnología o las finanzas, dueños de franquicias de la NFL, mantienen el control de sus estadios y tienen garantizados sus palcos de propietario para recibir a sus propios invitados de la alta sociedad estadounidense.

Las marcas deportivas apuestan fuertemente por los rostros más conocidos. Es el caso de Nike, que ha sacudido el marketing del torneo con su campaña viral 'Rip The Script', donde la empresaria Kim Kardashian participa de forma estelar junto a su hijo Saint West, el rapero Travis Scott y la superestrella del K-Pop, Lisa, compartiendo escena con futbolistas y otros atletas como LeBron James. Mientras que la marca neoyorquina Kith, junto a Adidas y Lionel Messi, han lanzado un rediseño de zapatillas exclusivas (Superstar y Handball Spezial) para celebrar los 20 años de carrera del futbolista y el inicio del Mundial.

Salma Hayek acaparó todas las miradas en la inauguración del Mundial luciendo un traje hecho a medida por Gucci, propiedad del imperio de su marido, François-Henri Pinault, haciendo de escaparate para la firma.

Cuando vemos Beyoncé o Kendal Jenner en un palco VIP invitadas por una multinacional, su presencia allí es solo la punta del iceberg. Para que una de estas figuras se asocie a una marca y 'acepte' dejarse ver en su palco, los contratos globales oscilan entre los 10 y 20 millones de euros anuales. El acuerdo obliga a la marca a ponerles un avión privado (un coste aproximado de unos 100.000 euros por trayecto), blindar una Luxury Suite exclusiva para ellas y todo su séquito (valorada en más de 150.000 euros por partido) y asegurarles protección privada. A cambio, la celebridad solo tiene que aparecer en el palco luciendo el producto y subir un par de historias a Instagram.

Si se trata de una acción puntual, los equipos de representación de las celebridades tasan su presencia basándose estrictamente en el valor de sus redes sociales. Kim Kardashian, por ejemplo, cobra actualmente entre 1.5 y 2 millones de euros por un post patrocinado en Instagram.

En el caso de Taylor Swift, cuando acude a un partido, lo hace de manera estrictamente privada o por compromisos personales (como apoyar a su pareja Travis Kelce si está involucrado en eventos del torneo). En su caso, son las marcas y los dueños de los estadios quienes le ruegan que acepte sus palcos de forma gratuita. Su sola presencia en una suite eleva el valor de las acciones de las empresas que patrocinan el evento y genera una publicidad gratuita para el estadio valorada en cientos de millones de dólares (el llamado 'Efecto Swift').

¿En qué consiste la experiencia VIP?

La experiencia en un palco VIP del Mundial 2026 va mucho más allá de tener una buena vista a la cancha. On Location ha redefinido el concepto de hospitalidad deportiva, transformando los estadios en clubes privados de cinco estrellas donde el fútbol es casi un pretexto para el networking de alto nivel.

Algunos de los estadios cuentan con helipuertos cercanos y carriles exclusivos para vehículos de alta gama autorizados por la FIFA. Los invitados VIP acceden por zonas exclusivas y alejadas de las multitudes. Desde allí, ascensores privados los transportan directamente a sus suites o palcos. El contacto con el público, por lo general, es prácticamente nulo.

En la cultura deportiva norteamericana la previa es tan importante como el partido mismo. Mientras los aficionados comunes esperan fuera del estadio, los invitados VIP disfrutan de sets acústicos íntimos. La hospitalidad suele incluir actividades de entretenimiento previas al partido.

Pero la joya de la corona son los salones de lujo ubicados literalmente a nivel del campo, justo detrás de los banquillos de los suplentes o detrás de las porterías. Los invitados VIP pueden bajar de sus palcos antes del partido para ver el calentamiento de las estrellas mundiales desde una posición privilegiada junto al terreno de juego.

Alta cocina en el estadio

Desterrados quedan los perritos calientes, los nachos y la cerveza en vaso de plástico. Para el Mundial 2026, se han contratado a chefs de Estados Unidos, México y Canadá para rendir homenaje a la diversidad culinaria de los tres países anfitriones. Los invitados pueden disfrutar de estaciones de ostras abiertas al momento, marisco premium, caviar, tartar de de atún, carne wagyu, maridajes con vinos selectos, los tequilas más exclusivos del mundo y las mejores etiquetas de champán.

Las celebridades no siempre consumen lo que el estadio ofrece, consumen lo que sus contratos multimillonarios les exigen. Estrella que poseen o son embajadoras de sus propias marcas de bebidas espirituosas (como Kendall Jenner o George Clooney) asisten a un palco privado patrocinado por la marca y se exige por contrato la retirada absoluta de cualquier marca de alcohol de la competencia. Los camareros del palco solo pueden servir sus respectivas marcas y el personal firma acuerdos de confidencialidad.

En estadios de alta demanda corporativa, jeques y dignatarios internacionales que pagan los palcos más caros del torneo exigen cocinas completamente independientes. Sus peticiones gastronómicas incluyen menús con certificación Halal estricta y barras donde el alcohol tradicional es sustituido por una sofisticada carta de mocktails (cócteles sin alcohol) elaborados con aguas destiladas botánicas e ingredientes importados de Oriente Medio, todo supervisado por inspectores de cocina propios antes del pitido inicial.

Mientras los aficionados se concentran en las actuaciones de las grandes estrellas sobre el césped, otra parte de la historia se desarrollará detrás de los cristales de los palcos más exclusivos. Porque si algo demuestra el Mundial de 2026 es que ya no es únicamente el campeonato deportivo más importante del planeta, también es una de las mayores plataformas de negocio, relaciones públicas y visibilidad global que existen."


Simulador AS Deportes el 2026/06/28 
 



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El escritor, filósofo y premio Nobel francés, Portero en su juventud del Racing Universitaire d'Alger (RUA): 

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