La lengua dulce: cómo los Andes ecuatorianos crearon un idioma propio
En la Sierra ecuatoriana, una mezcla de kichwa y español da lugar a una lengua que desafía las reglas gramaticales del español, añade melodía y pasa desapercibida para muchos de sus hablantes.
En la Sierra ecuatoriana, una mezcla de kichwa y español da lugar a una lengua que desafía las reglas gramaticales del español, añade melodía y pasa desapercibida para muchos de sus hablantes.
En una pequeña cafetería de Quito, la capital de Ecuador, una mujer removía su té con los ojos hinchados de tanto llorar. Frente a ella, un hombre sollozaba en silencio. Me senté en una mesa cercana, tan cerca que era imposible no escuchar su conversación.
Ella lo tomó de las manos y le preguntó en voz baja, en español: “¿Qué quieres hacer?”.
Él la miró a los ojos y dijo: “Wawita, solo vamos a changarnos”.
La frase, traducida de forma aproximada, significa: “Cariño, solo vamos a abrazarnos con las piernas”. Pero la mayoría de los hispanohablantes —incluso muchos ecuatorianos— no la entenderían del todo. Para los traductores sería un acertijo, por no decir una pesadilla.
Ella lo tomó de las manos y le preguntó en voz baja, en español: “¿Qué quieres hacer?”.
Él la miró a los ojos y dijo: “Wawita, solo vamos a changarnos”.
La frase, traducida de forma aproximada, significa: “Cariño, solo vamos a abrazarnos con las piernas”. Pero la mayoría de los hispanohablantes —incluso muchos ecuatorianos— no la entenderían del todo. Para los traductores sería un acertijo, por no decir una pesadilla.
La frase fue dicha en el español característico de la región andina de Ecuador, una lengua entremezclada con el kichwa, un idioma indígena que se habla desde que los incas se asentaron en las laderas del volcán Pichincha, 60 años antes de que llegaran los conquistadores en 1534.
Hace años me mudé a Quito desde Guayaquil, en la costa del Pacífico ecuatoriano, y comencé a recopilar fragmentos de conversaciones que escuchaba por casualidad, en fiestas, cenas o en oficinas, fascinado por esta forma particular del español.
En kichwa, “changa” significa “pierna”. Y en esta lengua híbrida, indígena y española, “changar” significa entrelazar las piernas con las de otra persona: un acto de intimidad que comparten amantes, hermanos, padres o amigos cercanos. No es algo que se haría con alguien con quien se tiene una mala relación.
Una gramática propia
“El kichwa es una lengua muy amable, muy dulce”, dijo Silvana Cárate, lingüista de la Universidad de York, en Inglaterra. “De hecho, le dicen ‘Mishki Shimi’: lengua dulce”.
Esta forma única del español es melódica y suave, y recurre a los diminutivos “-ito” e “-ita”, ambos heredados directamente del kichwa, para transmitir ternura y cortesía.
También altera la gramática mediante lo que los académicos llaman “préstamo de traducción”. “Es copiar la estructura gramatical de una lengua y transponerla en otra”, explicó Cárate.
En este tipo de español regional, las órdenes también se suavizan con expresiones propias del kichwa. En lugar de ordenar, por ejemplo, que alguien te pase la sal —diciendo “dame la sal”—, los ecuatorianos de los Andes dirán “dame pasando la sal”. Esto equivaldría más o menos a “¿podrías pasarme la sal?” en español estándar.


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